El punto de partida desde el que surge la obra está en la estela discoidal vasca. La estela vasca es un elemento que habla sobre trascendencia y a la vez de la persona concreta a la que se dedica.
Esta nueva estela habla también esos lenguajes.
Está formada por dos elementos cercanos, no situados en un plano sino creando un espacio, lugar de encuentro, cálido y relacionados entre sí. En la parte superior, un círculo, abierto, inacabado, en parte pulido, de color dorado (el color propio del bronce) como sugerencia de lo trascendente y en parte sugerido con una tenue línea grabada que queda definida por el juego de luz y sombra.
Sobre una de las piezas aparece grabada una de las señas de identidad lasaliana: los tres cabrios rotos: la obra quiere ser un homenaje a la fidelidad del Hermano a la llamada de Dios y de los hombres.
La textura del bronce es rugosa. Acentúa de esa forma la calidad de la materia.
La pieza es pequeña pero no tiene vocación de “joya”, de algo suave, sino que quiere ser un reflejo de una realidad fuerte, viva, exigente.